
Rendir siempre tiene un precio. Y normalmente lo paga el cuerpo antes que la cabeza.
No es una prueba ni sirve para etiquetar nada. Es una forma de ordenar lo que traes.
Ponemos palabras a la exigencia concreta que te mide, que casi nunca es la que dices en voz alta.
La exigencia protege de algo: del rechazo, del vacío, de una historia anterior. Hay que verlo para poder soltarlo.
Ensayamos hacer las cosas suficientemente bien y sostener la incomodidad que eso da al principio.
Es el miedo más frecuente. Lo que suele ocurrir es lo contrario: sin el látigo, aparece un motor más sostenible.
Están emparentados. El impostor es una de las formas que toma la autoexigencia cuando llega el reconocimiento.
No. De hecho es más fácil trabajar antes de llegar al agotamiento.
Escríbenos y te contamos cómo empezar, sin compromiso de continuar.